jueves, 23 de febrero de 2012

Esteban Werfell

Este es mi duodécimo diario. Para alguien como yo acostumbrado a escribir diarios no debería darme ninguna lastima el ensuciar un cuaderno de pastas duras que me gusta tanto. Pero me siento feliz de empezarlo, no se porque. Antes no me hacía ninguna gracia, el empezar a ensuciar con mi buena caligrafía algo tan vivo como un cuaderno en blanco. Las fotografías que tengo en los otros diarios no serán nada con lo que voy a tener aquí. Este cuaderno va a ser escrito con las historias de mi vida, como lo hizo mi padre. Ah, mi padre. Espero que donde esté sea muy feliz viendo que yo sigo sus pasos escribiendo diarios. Este diario lo voy a empezar con una buena anécdota. Esto se remonta a las vacaciones en Sicilia de las que inmediata mente me fui a otras en Venecia. Como en mis años mozos yo estaba por allí dando vueltas, recordando mi pasado. Cuando tenía una mujer que me quería, todas las mañanas un beso de buenos días en la cama, mientras que se hacía el desayuno que luego me traía ella a la cama. Vivía como un rey. Ah, mi mujer, tan guapa, con cabello color fuego y unos ojos de color miel, con esa naricita tan pequeñita, daba ganas de comérsela a besos, también tenía un cuerpo que parecía una modelo de televisión. Era cariñosa y un sol de chica. Se murió por culpa de un bomba de la segunda guerra mundial, los soldados no la detonaron y un día dada la mala suerte de mi mujer se detonó al pisarla sin saberlo. Cuanto la quería. No la olvidaré nunca.

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